A veces me pregunto si alguien tendrá compasión de las cartas devueltas.
Una carta, un buzón, el cartero. Es vida, noticias, ilusión, reencuentros, perdón, segundas oportunidades, descubrir a otros como tú, tiritas para algunas heridas.
Pero hay muchas cartas que nadie acaba leyendo. El destinatario se mudó, cambiaron las cosas y duele leer algunas palabras; o un día, ya no despertó.
Y a veces me gustaría pensar que hay carteros que aman las cartas, que entienden todo lo que significan, que hacen lo posible para que lleguen a su destino. Incluso en esta época, en la que parece que muchos hemos olvidado para qué servía un buzón, nos hemos quedado enganchados en el tren de alta velocidad y casi no recordamos cómo era aquella dulce espera de recibir la respuesta de aquella persona que tanto nos daba.
Me gustaría pensar que hay, en algún lugar remoto, un cartero humilde que ama su oficio, que tiene en su casa un pequeño baúl donde conserva las cartas devueltas. Cada día lo abre para consultar, memorizar destinatarios.
Cada día. Sin falta.
Esperando, deseando, que las sincronicidades, la vida, las casualidades, el azar o simplemente su determinación le lleve, poco a poco, a los destinatarios de esas cartas que lloran, que esperan, desde hace años, ese reencuentro.
Como niños, un día recibiremos ese regalo. Porque eso es lo que son las palabras, al fin y al cabo. Un regalo.