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domingo, 26 de noviembre de 2023

Cada día mil kilómetros

Un muro invisible

armado de segundos, minutos.

Horas. Días. Meses. Años.

Invisible. Rodeado de carreteras.

Invisible. Iluminado por el sol.

Y la lluvia. Y la noche. Y la nieve.


Desando cada día mil kilómetros

para volverlos a andar cada noche.

Caminos que conducen al mismo lugar.

Lejos, muy lejos, pero tan cerca

que me pierdo en recuerdos y en cartas.


 Cartas que vienen del futuro.

Cartas que derriban muros.

Cartas que son promesas.

Desando cada día mil kilómetros

para volverlos a andar cada noche.

Cada lluvia, cada nieve.

jueves, 26 de octubre de 2023

La piscina de otros

Si no vamos sacando la cabeza de vez en cuando, nos ahogaremos en la piscina de otros.

Estos días ha habido numerosos rescates de niños, incluso bebés, que han sobrevivido a las bombas que el aparato militar de Netanyahu ha lanzado indiscriminadamente en Gaza. Decenas de miles de supervivientes, (como Azmi Diab, de 13 años, y su familia) encuentran humanidad y ayuda en los refugios habilitados por la UNRWA. Aunque, desgraciadamente, apunta la ONU, «en Gaza no hay lugar seguro».

Hace poco unos vecinos de Jabalia, una localidad a cuatro kilómetros al norte de Ciudad de Gaza, «ayudaron a rescatar a varios niños atrapados bajo los escombros tras un ataque aéreo israelí». También hay manifestaciones a diario, en decenas de ciudades, exigiendo el fin de la ocupación, el fin de la violencia, el fin del horror.

En esto debemos poner también el foco. En las innumerables historias de rescate. En la bondad del ser humano en momentos en los que alguien nos quiere volver a llevar a la edad de la penumbra. En la cooperación, en la lucha por la paz. En la ternura. En esos infinitos momentos de amor y esperanza.

Estos días observamos con terror los crímenes de guerra en Gaza, otro episodio de la ocupación y apartheid que lleva perpetrando el sionismo de Israel contra los palestinos desde hace 75 años. Un episodio más cruel, inhumano y mortífero, sí, pero nada nuevo. Todo el mundo sabe que el sueño de la impunidad produce monstruos. Eso sí, los monstruos son hombres que han decidido exterminar a todo un pueblo, hombres que hasta anteayer se llamaban Hitler y que hoy se abrazan con miembros de la UE.

Debemos tener cuidado. Si no vamos mirando a menudo por la ventana, creeremos que el mundo es este cuarto pequeño y con cerrojos por fuera. Y acabaremos por pensar que no hay escapatoria.

“Hasta que nos sangren los ojos”, afirma a diario mi admirada Maruja Torres, mientras lo llena todo de imágenes del infierno real, el que provocan los delirios colonialistas e imperiales que resucitan en Israel y ahora en Rusia como una suerte de Murphy en Z Nation, una serie de zombis en la que el rey es un tipo sin escrúpulos inmune al mordisco de los no muertos cuyo poder le acaba haciendo inmune también a la belleza, la paz, la solidaridad, el perdón o la humanidad. Y me temo que en esta ocasión debo llamar a desobedecer a Maruja, porque la salud mental es una cosa muy frágil y debemos cuidarla.

Porque además de esta avalancha de imágenes de muerte y destrucción, se escribe demasiado sobre los detalles más truculentos de esta masacre. El amigo Israel Merino lo señalaba hace poco en su artículo ‘Parásitos del dolor’: «Aprovecharte constantemente de la destrucción de vidas humanas para quedar como la estrella del columnismo ideológico de turno empieza a cansar».

Cuidado. Si ponemos más el foco en la maldad absoluta de la barbarie en vez de en la bondad de la comunidad civilizatoria, algo se romperá dentro de nuestro cerebro, algo que ya nunca podremos volver a arreglar.

Salgamos de la piscina. Abramos la puerta. No hay cerrojos por fuera, te lo prometo. Te estamos esperando. Somos legión. No te rindas.

Sí hay un lugar seguro en Gaza y ahora mismo está rescatando a otro niño.

martes, 24 de octubre de 2023

'El monstruo de la nostalgia. Las referencias culturales destruyen máquinas del tiempo', de pennylanebcn

INTRODUCCIÓN

Yo he venido aquí a hablar del monstruo de la nostalgia. Un bicho de muchas patas, una tela de araña que todo lo infecta, como hace cualquier enfermedad. Y de cómo matarlo. Es decir, este libro trata de la vida, de los icebergs que nos ha tocado sortear, del miedo constante que tenemos. ¿Cómo lo hace? A través de series, concretamente de sus referencias: la luz a la que Carol Anne de Poltergeist debía dirigirse para escapar de los fantasmas.

Pero antes, dos anécdotas.

Cuando mi hermana fue al cine a ver con su hijo Ready Player One, me contaba cómo ella le explicaba las referencias musicales y él a su vez le contaba las de videojuegos. Al compartir conocimientos culturales que detectaban en la película a modo de guiño, generaron una complicidad entre ambos que no siempre es fácil en personas de diferentes generaciones. Porque las referencias nos acercan.

En cuanto a mí, en 2010 acabó una serie que hizo historia. Estoy hablando de Perdidos. Recuerdo que tras cada capítulo iba a un foro llamado Forolostzilla en el que se debatían los capítulos, los misterios, las teorías. Poco después descubrí Lostpedia, otra página hecha por fans. Todo un hallazgo. Ahí me topé con una sección titulada: “Referencias culturales”. A partir de ese momento, tras cada capítulo, me dirigía con ansia a dicha sección para que me explicaran cuántas cosas me había perdido: libros que aparecían en el capítulo cuyo argumento presagiaba el del episodio, canciones, series norteamericanas de los años 70, etc.

Al principio, este libro pretendía tratar de forma inocente y sin pretensiones de las series Perdidos, Stranger Things, Padre de familia y los Simpson. El miedo del que hablábamos me hacía ponerme barreras y escribir este texto rodeando su tema principal, sin tratarlo directamente. Pero en realidad, esto no va de series o referencias. Pretende analizar algo mucho más importante: matar lo peor de la nostalgia a través de las referencias culturales en la ficción televisiva. Las referencias, como se verá en las siguientes páginas, son la risa a la que aludía Umberto Eco en su templo cinematográfico, El nombre de la rosa. Ya sabéis: la risa mata el miedo. Y las referencias son la furgoneta de Perdidos de los años 70 a través de la cual podemos analizar esta nostalgia que todo lo traspasa y que pretende hacernos olvidar que cualquier tiempo pasado fue mucho peor.

Antes de proseguir, una confesión. Perdonadme si podéis, pero no me gustan particularmente las series Los Simpson o Stranger Things, a pesar de que esta última, que ha tenido un éxito intergeneracional sin precedentes, la he visto entera. En el momento en el que escribo estas líneas, va por la temporada cuatro y ahí siguen los protagonistas, sin poder matar al monstruo. Al monstruo de la fiebre ochentera. Al monstruo de la nostalgia. Pero ¿por qué la nostalgia es un monstruo? En realidad ya lo sabéis. Porque idealizar el pasado te puede conducir a votar a Vox. ¿Qué dice esta loca? Dadme un momento, en seguida os lo explico.

Que hay un obsesión con el pasado es un hecho. La nostalgia como reclamo comercial lleva décadas acompañándonos. Nos venden nostalgia a través de camisetas, libros, películas, series. Pero no solo. También hay nostalgia en las redes sociales, en las estrategias electorales. La manipulación es constante. Casi todo apela a nuestros recuerdos más luminosos.

Vivimos tiempos de incertidumbre y de miedo guerras, inflación, precariedad, la especulación con la vivienda, los desahucios, la pandemia mundial, el desmantelamiento de la sanidad y un largo etcétera— que nos hacen buscar remedios en otro siglo que recordamos mejor de lo que fue. Los monstruos del presente nos convierten en carne de cañón para quien nos quiere hacer viajar en el tiempo. Concretamente, al pasado. A cuando no teníamos derechos, a cuando aún había más violencia, ya os lo demostró Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro.

¿Habéis visto las películas Regreso al futuro, Peggy Sue se casó o En algún lugar del tiempo? La primera, seguro que sí. El caso es que las tres comparten el mismo argumento, a saber, un viaje en el tiempo, al pasado, concretamente, y muy idealizado. Ahí es donde los protagonistas, interpretados por Michael J. Fox, Kathleen Turner y Christopher Reeve respectivamente, son mucho más felices que en el presente. El primero y la segunda no solo se encuentran a sí mismos en ese viaje, sino que además solucionan sus problemas actuales gracias a la acción del pasado, a volver a él, a sus ideales, a su estilo de vida. Por su parte, el tercero encuentra el amor verdadero y el pasado se convierte en su presente para el resto de sus días. En el pasado está la felicidad, parece que nos quieren decir en estas tres películas.

¿Sabéis que otra cosa forma parte del pasado y aporta más felicidad? Las referencias culturales. Los guiños, alusiones, homenajes a algo que hayas visto, escuchado o leído en algún momento de tu vida.

Las referencias son el ingrediente principal de la comunicación, de la cultura y del arte. Activan nuestros recuerdos, ponen en marcha diferentes mecanismos (el humor y la complicidad), acercan a las personas de diferentes generaciones, como ya hemos visto. Pero no solo eso, también nos protegen de los peligros. De uno muy concreto: el de la nostalgia, el de querer volver al pasado, a ideas y estilos de vida que creíamos superados, solo porque el tiempo y los actores reaccionarios insisten en la falacia de que aquella era una vida mejor, más fácil y segura. Una mentira preciosa, pero una mentira al fin y al cabo. Un engaño que puede degenerar en un monstruo, uno que resucita incluso en nuestras instituciones democráticas: la nostalgia.

¿Y cómo combatimos la nostalgia? Con el humor que derraman las referencias culturales. La cultura salva. Es un hecho.

Cada vez que veo una serie de animación llamada Padre de Familia (Family Guy), me da un placer inmenso reconocer casi la totalidad de las referencias a las que aluden. Es como un chiste privado que aporta una comicidad extra a una serie que dura 23 minutos y tiene, ojo ahí, más de una referencia por minuto. Hay muchos guiños a películas y a hechos controvertidos de ciertos actores o cantantes famosos, pero también aparecen alusiones a políticos. Me estoy acordando de una escena que protagoniza el alcalde del pueblo: un calco del vídeo del momento en el que informaron al expresidente de Estados Unidos, George W. Bush, de los atentados el día 11 de septiembre del 2001. Recuerdo haberle explicado esta referencia a una persona de 80 años, mi señora madre, porque ella no recordaba el vídeo. Nos reímos juntas con una alusión a uno de los recuerdos más terribles para el mundo y es pespecial para los norteamericanos, usado como arma defensiva, como medicina: el humor. Porque el humor que generan las referencias sana las heridas, combate el miedo que te podría hacer pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor y conjura un vínculo comunicativo muy poderoso entre las personas.

Esta referencia de Bush es crucial para entener de qué habla este libro ya que el 11 de septiembre de 2001 fue, en palabras de Pierre Nora, un “acontecimiento-monstruo” cuya repercusión a escala global y consecuencias nos han convertido en personas fácilmente manipulables.

Perdonadme. Pero sí. El miedo nos hace vulnerables. Frágiles. Manipulables. Nos convierte en quienes no seríamos de no tenerlo y como consecuencia acabamos planteándonos votar a quienes nos quieren volver a llevar a la edad oscura de la humanidad. Un acontecimiento monstruo que, pese a ocasionar la misma cantidad de muertos que niños mueren al día de enfermedades curables como la malaria, provocó un cambio en la política global. Desde ese 11 de septiembre ha habido una cadena de acontecimientos que incluyen colapso, políticas migratorias genocidas, recesión económica, guerra en Europa, etc.,  que me recuerdan al monstruo de la última temporada de Stranger Things, Vecna: un no muerto muy poderoso que una vez fue humano, capaz de controlar la mente de las personas que viven con miedo y que consigue paralizarlas a través del terror. Su aspecto incluye múltiples ramificaciones, como si de una tela de araña se tratase. En la serie se unen varias generaciones para acabar con este monstruo. Algunas de esas generaciones son: el 15M, la primavera árabe y, en el momento de escribir esto, la revolución del velo en Irán, etc.

Veréis, Los Simpson o Stranger Things quizá no sean La historia interminable, pero en el fondo sí, puesto que son historias dentro de historias. Y eso lo consiguen mediante las referencias. Es una forma de viajar al pasado para explicarnos el presente. Y cuando pienso en referencias, guiños, alusiones y homenajes, siempre que examino la trampa de la nostalgia y analizo cómo combatir el miedo, me vienen a la cabeza las mismas cuatro series. Y con ellas entenderemos nuestro presente para pensar cómo alumbrar el futuro.

Gracias a Internet, hoy podemos descubrir todas las referencias que no habíamos entendido (por ser alusiones a series norteamercianas de los años 70 o por ser guiños a todo el universo de Star Wars) a las personas que somos menos especializadas, como una servidora.

Y gracias a este libro, si me acompañáis en mi locura, descubriréis cómo matar al monstruo de la nostalgia usando el pasado como arma definitiva, no como idealización de un tiempo que en realidad nunca fue mejor.

Dejadme ser vuestra Koreander, estimadas Bastian Baltasar Bux (un apellido que, por cierto, suena igual que la palabra ‘books’ que significa ‘libros’ en español, como bien sabéis). Acompañadme en este viaje, no al pasado sino al futuro, el único verdaderamente democrático: el de la cultura, la risa y la esperanza.


sábado, 21 de octubre de 2023

Tener la fiesta en paz con racistas

Cuando vi ‘El club del odio’, de Beth de Araújo, una de las películas más terroríficas de los últimos años, fui consciente de que todas las frases que repetía ese grupo de mujeres que se revelan rápidamente como fanáticas y violentas, llevo oyéndolas a menudo a mi alrededor y probablemente tú también. Algo muy preocupante, si te soy sincera.

Si son conocidos, compañeros de trabajo, es fácil reaccionar para pararlo. ¿Pero y si son parte de tu familia? Ay, las familias. AY.

Las que se quieren y se intentan llevar bien procuran no decir nada ofensivo a nadie. Van con cuidado, pensando antes de hablar, casi siempre, al menos. Procuran respetar las opiniones del resto. Procuran rebajar la tensión, en caso de producirse. Procuran dejar correr los comentarios faltones en pos de un bien mayor.

También ocurre con las amistades o con los conocidos a los que aprecias. Todo el mundo, entiéndeme, cualquier persona que no sea Larry david y su círculo, intenta “tener la fiesta en paz”.

El problema es ¿qué hacemos con quien lanza bulos racistas?

La recomendación general es “Déjalo estar, no vale la pena” y a veces creo que tienen razón. Sin embargo, cuando las personas no racistas, semana tras semana, no dicen nada a quien va sembrando de odio la sobremesa, en la que están niños y adolescentes, ¿qué les estamos enseñando exactamente? ¿Que ser racista es una opinión? ¿Que está bien ser racista? ¿Que deshumanizar a otras personas no es tan grave?

“La mayor parte de la población mundial ha vivido la experiencia de marcharse del lugar donde crecieron”, señala amnesty.org/, “Algunas personas dejan su hogar para encontrar trabajo o poder estudiar. Otras se ven obligadas a huir de la persecución o de violaciones de derechos humanos como la tortura. Son millones las que huyen de conflictos armados o de otras crisis o de la violencia. Algunas ya no se sienten seguras y puede que se las persiga por el mero hecho de ser quienes son o por lo que hacen o por lo que creen; por ejemplo, por su etnia, religión, sexualidad u opiniones políticas”.

Millones de personas se ven obligadas a emigrar. Personas a las tratarán como a delincuentes. Personas a las que culparán de todo por ese miedo que inoculan cada día Ana Rosa, Susana o Iker. Muchas serán víctimas de trata. A muchas las agredirán por la calle. Y matarán. Solo porque son de una procedencia diferente o porque aunque hayan nacido en tu país, no tienen el color de piel o el idioma correcto.

Pienso cada vez más en la propaganda nazi y cómo abrió la senda al Holocausto judío. Pienso cada vez más en que las oleadas de odio empiezan con los bulos y acaban en agresiones y asesinatos.

Pero por algún motivo que se me escapa, nos preocupa mucho más tener buen rollo con alguien que se dedica a esparcir más odio contra esas personas, víctimas todas. Quizá porque en el fondo no creemos que dejarlo correr vaya a tener consecuencias nefastas. Quizá porque en el fondo creemos que el silencio también es una forma de luchar contra el racismo.

O quizá, y ese es mi mayor miedo, es porque en el fondo nos da igual.

viernes, 20 de octubre de 2023

No hacer daño

No hacer daño. Al final, casi todo se reduce a eso. El resto es buscar ternura, optimismo y futuro entre las ruinas del odio y la violencia. Nos quieren convencer de que la humanidad es mala por naturaleza, de que defenderse es ejecutar un genocidio. Nos quieren convencer de que quienes piden paz y soluciones, quienes condenan los crímenes de guerra son terroristas. O peor, antisemitas. Necesitan recurrir al Holocausto, como bien recuerda Pablo Batalla @gerclouds que afirma Žižek, “si usas el Holocausto como baza, reconoces que estás perpetrando crímenes tan horrendos que solo la baza del Holocausto puede redimirlos”.

Gaza duele. Ucrania duele. El Holocausto no debe volver a repetirse jamás. Duelen los centenares de vidas rotas. Duelen los niños huérfanos, llorando y preguntando dónde está su madre. Duelen los niños asesinados. Duele que la Unión Europea solo condene los crímenes de Hamás, pero no los del Estado de Israel.

Apunta @AntonioMaestre: «La Shoah como bula. Si ocupas un territorio ajeno y esa población se defiende se convierte en agresora en vez de víctima de la ocupación. Palestina es el agresor por el simple hecho de existir, por estar donde Israel desea estar. Norman Filkenstein lo explica así: "Después de los terribles ataques lanzados por Israel contra el Líbano en 1996, que culminaron con la masacre de más de un centenar de civiles en Qana, el columinista de Haaretz Ari Shavit comentaba que Israel había podido actuar con impunidad porque tiene “la liga antidifamación[…] y el Yad Vashem y el museo del Holocausto"».

Quiero que sepas que la mayoría de las personas son decentes. Quiero que sepas que yo tampoco duermo por todo lo que ocurre en el mundo. Veo a niños llorando y temblando y tengo que esforzarme en no ver centenares de imágenes diarias de pequeños inocentes ensangrentados, temblando, aterrorizados, huérfanos o asesinados.

Quiero que sepas que mis nervios están a flor de piel porque una minoría nos quiere convencer de que defenderse es volver a la Edad de piedra. Reivindicar la barbarie solo conduce a un lugar y no lo permitiremos. Porque la decencia es legión. Aunque a veces no te lo parezca.

Condenar a Israel con la misma contundencia con la que condenás a Hamás es imprescindible para parar esta sinrazón. Las atrocidades las cometen quienes se sienten impunes. La UE debe acabar con la impunidad de Netanyahu si realmente quiere acabar con las atrocidades que está comiendo Israel en Gaza desde hace 75 años.

John Cusack es una de esas personas que, con el alcance y la influencia que tiene, puede ayudar a que todo este dolor acabe lo antes posible. Su voz amplifica la nuestra, la de millones de personas pequeñitas que gritan BASTA YA DE TANTA VIOLENCIA.

Créeme: la mayoría de las personas son decentes. No permitas que te convenzan de lo contrario. Y gracias por gritar junto a mí, conmigo.

Te quiero.

martes, 7 de marzo de 2023

Celebrar la nostalgia: 'Doctor en Alaska' y la tilde del adverbio sólo



Desde que Filmin la incorporó a su catálogo, Doctor en Alaska (Northern Exposure en inglés) ha hecho muy feliz a mucha gente sobre todo de mi generación y también a otras. Padres que la ven con sus hijos. Esta serie es de esas ficciones audiovisuales que acercan generaciones, familias y amistades. De lo que se trata es de celebrar la nostalgia bien entendida. No la que nos lleva a volver a tiempos pasados mejores que nunca existieron más que en nuestra frustración diaria por tanta pregunta sin respuesta, por tanta realidad que nos atropella sin avisar con el claxon antes, ni que sea por cortesía. La nostalgia buena. La que nos hace felices. Como esa manta que te echas, o te echan, por encima, mientras te tumbas en el sofá, con un colacao o un chocolate caliente, para disfrutar aún más de la ficción televisiva. 

Otro día hablaremos de la felicidad que también nos regala el cine en unas salas cada vez más vacías.

Hoy quiero hablarte de celebrar el pasado. Porque no se trata de volver a él. No queremos entrar en Cube y que resulte que ni siquiera lo protagonizamos. Convendremos en que ver Doctor en Alaska no es precisamente ir hacia adelante. Pero desde luego tampoco es ir hacia atrás.

Partimos de que lo progresista siempre es lo nuevo, los cambios. No hay nada que podamos objetar cuando alguien nos atiza con la pieza de ajedrez definitiva, la que siempre acaba soltándote un jaque mate en un abrir y cerrar de ojos: caminar hacia adelante. Es decir, es imposible escapar a la hostia con las vueltas que te da alguien cuando azuza la modernidad, sin caer en la ciénaga de los muertos y que te tenga que salvar Gollum. Es un laberinto sin salida, como el del hotel Overlook. Je. Jeje. Esta intertextualidad es muy fácil. Tenéis que haberla pillado.

Nadie quiere ser un antiguo, un rancio; nadie quiere contar batallitas ni agarrarse a la barandilla carcomida del pasado como lugar de destino. El monstruo de la nostalgia es ese bicho de muchas patas, una tela de araña que todo lo infecta, como hace cualquier enfermedad.

Sin embargo, abrazar el pasado a través de la cultura y el arte es, como las referencias, la luz a la que Carol Anne de Poltergeist debía dirigirse para escapar de los fantasmas. Y como todo el arte, la ficción audiovisual, especialmente la del pasado, es la risa a la que aludía Umberto Eco en su templo cinematográfico, El nombre de la rosa. Ya sabéis: la risa mata el miedo.

Además de las series y las películas, los libros, esos discos míticos de hace 30 años, visitar pueblos medievales, todo es un canto a la nostalgia. Y no por celebrarla en estos términos andamos hacia atrás de tal forma que acabaríamos viviendo en un pueblo pequeño y votando a Vox.

Pues con la tilde del adverbio sólo ocurre lo mismo.

Una última cosa antes de irme: ¡Viva la tilde del sólo! ¡Viva Doctor en Alaska! Y ¡viva ¿Qué fue de Baby Jane!

Y cuento al revés (letra de la canción incluida en el disco de pennylanebcn, 'Invítame a vivir', 2017)

Vivo en el sueño de otros.

Vivo en las líneas de enero.

Vivo en estas tijeras,

en márgenes y abracadabras.

 

Vivo en una ventana.

Vivo en tu paso de cebra.

Vivo en el telediario de azul desteñido.

 

 Me siento en un grito, me instalo en sirenas.

Aparto miradas y cuento al revés.

 Me siento en miradas, me instalo en un grito.

 Aparto cortinas y cuento al revés.


Vives en esta cerilla.

Vives en el sueño de otros.

Vives en ese portazo.

 

Y cuentas al revés

 











(Y cuento al revés, pennylanebcn, 29/05/2017)

Poema de: pennylanebcn.
Todos los derechos reservados.
Canción incluida en el disco de pennylanebcn, 'Invítame a vivir', 2017

 


viernes, 24 de febrero de 2023

Invisible

Invisible.
Ahogado. Empujado.
Desahuciada.
De recuerdos y casa.
Cerraduras cambiadas.
Buitres al acecho.
Invisibles las que pagan la guerra con sus cuerpos.
Desahuciadas de la infancia y el amor.
Atadas de manos y pies.
Invisibles en el Mediterráneo.



Poema de: pennylanebcn.
Todos los derechos reservados.
Foto: Ayuntamiento de Cartagena

martes, 14 de febrero de 2023

«Solo hay tres grandes estadistas: Stalin, Mussolini y Yo», «Stalin y yo somos los únicos que vemos el futuro»



Tal y como relata Sadurní en su artículo sobre el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, varios miembros de las SS, irrumpieron el 31 de agosto de 1939 en la emisora de radio de Gleiwitz (alta Silesia), con violencia y haciéndose pasar por alborotadores. Tras reducir a empleados y a un policía, el comando, en el marco de la 'Operación Himler', lanzó arengas en contra del Tercer Reich y del führer. Para acabar de preparar su falso casus belli, ejecutaron a un agricultor de 43 años al que antes habían drogado y vestido con un uniforme del ejército polaco. Le hicieron unas fotos al cadáver y los periódicos las publicaron. Esa fue la excusa, pero lo cierto es que Hitler ya había anunciado la invasión de Polonia días antes, en el llamado Discurso de Obersalzberg (22 de agosto de 1939), el que nos ocupa, dirigido a los altos mandos del ejército alemán cuyo tono y elección del vocabulario revela una mente psicopática y narcisista «Solo hay tres grandes estadistas: Stalin, Mussolini y Yo», «Stalin y yo somos los únicos que vemos el futuro», «Entenderé mi mano a Stalin […] y con él me dedicaré a redistribuir el mundo».

Hitler contravino lo pactado en el Tratado de Versalles en el que se consideró único responsable de la Primera Guerra Mundial, conminándole a abonar una importante cantidad de dinero a modo de indemnización (lección ya aprendida, al término de la Segunda) aumentando exponencialmente el gasto armamentístico. El gran sentimiento nacionalista en la cultura universitaria, en los industriales y en varios sectores sociales imbuidos por el pangermanismo, cabe señalar al rearme, la anexión de Austria, la invasión de Checoslovaquia, el corredor de Danzig, el acceso al Mar Báltico desde Polonia (el 'cordón sanitario' de Europa Central en su intento de frenar a la Rusia revolucionaria). Pese a que Alemania y Rusia firmaron el 23 de agosto de 1939 un pacto de no agresión, el 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas avanzaron hacia Polonia dispuestas a llevar a cabo las amenazas de la arenga de Hitler, «aniquilar sin piedad ni pena a todos los hombres, mujeres y niños de ascendencia o lengua polaca». En pocos días se desencadenó la Segunda Guerra Mundial, tras recibir Polonia el apoyo de Gran Bretaña y Francia.

En esta arenga se expresa la ideología nacionalsocialista (nazi), que entendemos como una forma de fascismo, en este caso la propia de la Alemania del siglo XX (o el franquismo en España). Emergió en Italia en la época en la que Mussolini aún era un simple director de un periódico el cual fundó en 1914, desde el que empezó a defender, adular y organizar como arma a los soldados de la primera guerra, trastornados, mutilados, traumatizados tras la Gran Guerra (1914-196). Tras haber sido partidario de entrar en la guerra, Mussolini arengó a las personas con estrés postraumático aún no diagnosticado, humillados y abandonados por las instituciones gubernamentales y la sociedad. Gracias al apoyo de estos soldados, Mussolini, y por tanto el fascismo, alcanzó el poder a finales de 1922. Como apunta Enric Juliana en el prólogo de 'Ultraderecha 2.0' (Steven Forti), la cuna del fascismo (y por tanto, del nazismo) tuvo que ver con los muertos derivados de, por un lado, la gripe española, y por otro, la guerra: uno 60 millones en todo el mundo (1918-1920) por la pandemia más unos diez millones por la contienda, más 20 millones de heridos (cifras aproximadas).

Esta ideología de la que hablamos se ha consolidado gracias al papel imprescindible de los medios de comunicación, justo como está ocurriendo actualmente, pero no solo. También tuvo que ver el clima de miedo e incertidumbre, de crisis, de precariedad. Aunque sin el altavoz de los medios de comunicación, este clima no hubiera desembocado en violencia sublimándose en un sentimiento nacionalista exacerbado.

En el marco de esta rima de la historia, de la que parece que hablaba Mark Twain, hoy también observamos esta deriva ideológica alimentada por periódicos y radios:  través de bulos, de problemas sobredimensionados, de demonizar a sectores vulnerables, parte de los periodistas acaban generando y afianzando un marco de deshumanización de los otros (migrantes, personas vulnerables, con formas de vivir diferentes, etc.), una estrategia, la del miedo, cuya ideóloga es la ultraderecha y cuyos ejecutores son los violentos, mayoritariamente hombres con un hondo y tergiversado sentido patriótico en el que defender al país implica reventar la democracia y negar los derechos y libertades de la mayor parte de la población.

Si bien es cierto que el  nazismo no es igual que esta denominada Ultraderecha 2.0 (en palabras de Steven Forti), sí tienen rasgos en común y objetivos similares. Y la prensa, como vemos, está teniendo un papel demasiado parecido al de la época. De ahí la necesidad de tomar conciencia de la gran responsabilidad social del periodismo para frenar este avance de los violentos que pretenden derrocar nuestras democracias, siguiendo las órdenes de altos mandatarios, políticos con escaño y oposición temeraria, como es el caso de varios países europeos, entre ellos, España.



Para leer el discurso, pinche
aquí.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Que se queme todo

 Arden las avenidas y los protocolos de la vergüenza.

Arden las fronteras y las políticas migratorias.

Arden los cuerpos y fuerzas privadas, públicas, pero privadas.

Arden las mentiras y los recortes.

Arden las casas vacías y las puertas derribadas.

Arden los cementerios en el Mediterráneo.

Arden los bastones y las cunas desahuciadas.

Arden quienes menos tienen.

Arden las colas de hambre.

Arden mis réplicas y mi boca amordazada.

Arden horizontes que el eclipse te tapa.

Arden los nombres de los nadie que lo son todo.

Arden mis abrazos y mis ganas de dejar que se queme todo.

Arden mis deseos de meteorito y mis chistes de bebés sin médicos.


Un alud de incendios amenaza con devorarlo todo

y las eléctricas acaban de vaciar el último embalse.



pennylanebcn, 23/12/2022

Todos los derechos reservados.



viernes, 4 de noviembre de 2022

Hay dos formas de ser huérfana

Hay dos formas de ser huérfana. Una ya la sabéis. La otra es más difícil de explicar. Hablamos. Con algunas personas más que con otras. Si tienes suerte, además de hablar te comunicas. Y algunas veces, las mejores, te entienden. A veces la familia que te ha tocado y has elegido, te entiende. A veces, las amistades también. Y si vuelves a tener suerte, y no te acobardas, una de esas amistades se convierte en el amor de tu vida.

Entenderse. Comunicarse. Hablar incluso cuando ninguna palabra sale de tu boca. El privilegio de que las palabras sean algo más que letras. Entrar en la piscina y bucear. Salir y secarse al sol de abril.

Cuando no ocurre con el resto de las personas, tampoco lo echas de menos, porque nunca ha ocurrido antes y la nostalgia solo se sienta a tu mesa cuando sueles compartir la copa con alguien o la taza de café, según la hora que sea y según las coordenadas en las que pises descalza la hierba. Sin confianza, no hay puentes detonados. A veces te entienden y puedes compartir locuras o miedos, suponiendo que no sean lo mismo. A veces, eres río que fluye sin piedras ni troncos caídos. Pero a veces no.

Hay dos formas de sentirse huérfana. Una ya la sabéis. La otra viene en forma de vejez o enfermedad. Es la crueldad del paso del tiempo en el cerebro, las conexiones que a veces se rompen. La crueldad de cuando las palabras no llegan a donde deberían y la autodefensa que se atrinchera en el miedo ensombrece los ojos de quien ya no te entiende. Si tienes suerte, no siempre será así. Si tienes suerte, volverás a conectar y a cruzar el puente para llegar a esa persona.

Y si se te acaba la suerte, el tiempo, imparable, irá temblando bajo tus pies, un terremoto de incertidumbre y lejanía, que, de vez en cuando, te irá recordando que atesores los momentos que te quedan para hablar con esa persona y que te siga entendiendo incluso cuando estés callada.

miércoles, 15 de junio de 2022

Lo sé. Lo sabes. Lo sabemos.

Ahora ya sabes que lo sé. Y sabes que sé que lo sabes. Y yo sé que sabes que sé que lo sabes. Porque ahora ya sabes. Porque ahora ya sé que sabemos.


martes, 14 de junio de 2022

En llamas

Soy el meme de un meme. La tilde de un monosílabo. El autorretrato de una mujer incombustible en llamas. La que no arde, pero se quema.

Y así no

Ella era tilde y él, monosílabo. Y así no se puede.







Poema de pennylanebcn, 2022. Todos los derechos reservados.

Foto: Pixabay.

sábado, 11 de junio de 2022

Cucharita y cintas de VHS

Decía Galeano que recordar viene del latín y significa “Volver a pasar por el corazón”.

Cuando mi sobri tenía cuatro años nos sentábamos juntos en las escaleras, mientras comíamos un kiwi con cucharita y hablábamos de la vida. Con los dos peques jugábamos a sentarnos debajo de una sombrilla gigantesca de ‘La bella y la bestia’ a inventar historias. Y después de comer, tenía que sentarles uno a cada lado de la cafetera de cápsulas para que no se pelearan, mientras yo les indicaba qué fase podía hacer cada uno: tú dale a esta palanca; ahora, tú presiona este botón. La felicidad a veces es simple.

Fabricar recuerdos, lo llamaba mi hermana.

Los seres humanos amamos, queramos o no. Nos aman, queramos o no. De forma consciente o inconsciente. Nos protejamos o no, el amor entra muchas veces en nuestra vida. El amor en todas sus formas, incluyendo el odio. Nos atraviesa, nos deja marcas, borrones, huecos. Nos toca y nos deja la piel de otro color, con otro aroma. Pero en realidad, no es el amor el que nos cambia una y otra vez, sino los recuerdos.

Somos recipientes, cintas de vídeo de VHS, antiguas, medio estropeadas, con momentos que no queremos perder por si nos perdemos detrás con ellos. Rebobinamos tantas veces que acabámos cargándonos la cinta y el reproductor. Y aún así, seguimos conservando las cintas, aferrándonos a ese pasado que nos hizo mejores porque tenemos hambre de tiovivo. Nos hace sentir bien lo que ya conocemos, contarnos una y otra vez la misma historia. Saber lo que ocurre después, recuperar el control que nos arrebata el amor.

Confundimos tener el control con amar. Confundimos recuerdos con haber amado y haber sido correspondidos. Confundimos poder presionar el botón en el momento justo para parar la cinta y rebobinar las veces que haga falta con estar vivas.

La incertidumbre, ir en bici cuesta abajo. Enfundarte los esquíes y no tener ni idea de cómo vas a frenar porque no sabes esquiar y encima te aterra la velocidad. Fabricar recuerdos que rebobinaremos cuando no vivamos. Aburrirse, romper cosas, echar de menos, reír hasta llorar, buscarte.  Odiarte.

Antes de ser cintas de VHS, escribíamos cartas. El buzón era nuestro recuerdo del futuro. Cartas cuyas copias guardamos junto al reproductor de vídeo. Buscamos las pistas de quienes éramos para localizarnos en medio del océano. Las palabras que elegíamos cuando éramos otras personas. El amor que fuimos y dimos sin control. Un tiovivo de letras y verbos mal escritos porque sólo nos importaba contar una nueva historia.

Y antes de escribir cartas, nos sentábamos alrededor de la hoguera, inventando recuerdos para otras. Amando las historias y amando a quienes se dejaban atravesar por ellas. Siendo correspondidas por el fuego en unos ojos que buscan lo que no quieren perder.

Hay quien afirma que todo eso ya no existe. Que ya nadie se sienta un momento en las escaleras a ser tiempo con otra persona. Que el futuro no nos deja ver el pasado y nos emborrona los recuerdos. Que ya no sabemos que las buenas historias son lo que nos hace mejores.

Hay quien nos quiere convencer de que no somos historias y recuerdos de otras. No saben que somos los textos que otras necesitan para ser los textos de otras que serán los textos de otras.

Hay quien cree que ha olvidado fabricar recuerdos y por eso rebobina hasta cargarse la cinta de VHS, porque una vez amó y fue amado y ahora la rutina le dice que deje quietos los esquíes y la bici, no vaya a ser que se caiga y pierda las cartas, los sobres y la cinta.

Somos las historias que nos contamos, pero olvidamos contarles nuestra historia a otras, alrededor de un fuego, echando una carta al buzón o sentándonos en unas escaleras a comer un kiwi con cucharita.

Tenemos tanto miedo de asomarnos al futuro que pagamos fortunas por no bajarnos del tiovivo. Queremos contar un pasado que ya no existe. Queremos ser mentira. Y a veces lo somos.

Los seres humanos amamos, queramos o no. Nos aman, queramos o no. De lo que se trata es de fabricar recuerdos. De que me cuentes, alrededor del fuego, quién eres ahora, acurrucados debajo de la sombrilla de la Sra. Potts, inventando cuentos que un día rebobinaremos.

jueves, 9 de junio de 2022

Puerta

Soy Nueva Zelanda y he construido ‘La Comarca’ para que por esas puertas no quepa cualquiera, pero los meteoritos me golpean y siempre tengo que estar recolocando los espejos que me desvían de mi órbita.

martes, 7 de junio de 2022

Plancton y Louise Banks

«Plancton» significa a la deriva, errante. Viene del griego, como casi todo. Este conjunto de organismos es responsable de producir más de la mitad del oxígeno del planeta. Y, además, son seres acuáticos que secuestran millones de toneladas métricas de CO2, mientras se dejan llevar por las corrientes, como vagabundos del mar.

Muchas veces no sé cómo decir lo que quiero decir. Nunca lo he sabido. Y seguramente nunca lo sabré. Pero quiero traducir parte. Quiero y no quiero ser Rita. Y por eso leo. No leo lo que debería leer, casi siempre descifro lo que me sorprende, lo que me muestra lugares nuevos que desconocía. A saber, diccionarios y columnas de opinión. Libros también, claro, novelas de ciencia ficción. Ellas me llevan a otros mundos. Pero sin ancla, la tormenta se lleva este barquito a remos.

Desde 2010 iba a la biblioteca en mis horas libres. Cada día. Antes de matricularme para entrar en la universidad. Era Rita, de Educando a Rita. Antes de Rita era Susan, claro. Susan White. Los nombres. Siempre los nombres. Úrsula K. Le Guin lo sabía y me lo regaló. Encima de la mesa, cada día buscaba a mi Frank Bryant.

Pero no. Hubo un antes mucho antes de eso. Empecé a ser Eliza Doolittle. Fui tripulante de mi propio batiscafo, exploradora de palabras en las columnas de opinión. Recuerdo estar hambrienta. No de conocimientos, que también. Me moría de hambre de palabras nuevas. Necesitaba llenar mi casillero mental. Agua, comida y palabras. No recuerdo cuándo empecé a ser un náufrago. Sólo sé que sigo siéndolo. No creo que deje nunca de nadar en el océano. Soy una yonqui del lenguaje, de sus piruetas, de sus imágenes. Sin mi dosis, agonizo. Wilson. Quédate.

Ya. Suena muy tremendo todo, ¿verdad? Es más sencillo que todo esto. Simplemente, busco, busco y busco. Escribo como coartada, pero busco tesoros. Me paso la vida buscando tesoros, armas, herramientas, mis gafas de lejos. ¿Para qué? Pues no sabría decir. Supongo que para ser Rita. Quiero querer seguir aprendiendo. Descubrir cada día mundos nuevos, apartar velos y cortinas. Mirar por la ventana. Nombrar lo que no sé nombrar para explicar lo que no sé explicar. Quizá para defenderme. Quizá para atacar. Quizá para herir. Quizá para curar. No, curar, no. Estoy harta de curar. Quiero ser Louise Banks.

Y tampoco se trata de saber por saber, por demostrarles algo a los demás. Tampoco se trata de presumir. Es pura y simple supervivencia. No, tampoco es eso. Se trata de abastecerme. De aprovisionarme. Tengo sed y simplemente bebo agua. Y cuanto más bebo, más sed tengo. Diccionarios. Sí. Me avergüenza reconocerlo, aunque tampoco sé qué habría de malo en buscar la felicidad en el lenguaje y sus misterios. Me pasaba horas buscando palabras escondidas. Y mucho antes, en columnas de opinión.

Luego empecé la universidad. Sorprendentemente, aprobé los exámenes de acceso. A mi edad. 

Aprendo cosas a diario. Y he vuelto a mi primer amor, las columnas de opinión. Hay algo ahí que me llama desde el fondo del océano. Algo que me saca a la superficie y me lleva a flotar, a dejarme llevar por las corrientes marinas. Bioluminiscencia. Vida y luz. Vocablos, voz, promesa, ofrecimiento. Lengua. 

Besar es inventar un idioma. Aprenderlo. Ofrecerlo. Es un arma.

Verbos y adjetivos me ayudan a flotar y al mismo tiempo a llegar a tierra firme. Viernes son las palabras que me reinventan cada día. Viernes son mis asideros. Leo, releo, subrayo. Guardo letras ordenadas en miles de combinaciones, colocadas en cajitas preciosas que a veces recuerdo y a veces no. Pero están ahí. Hablando por mí cuando yo no encuentro la forma de explicar qué quiero.

Recuerdo estar hambrienta de palabras y combinaciones. No creo que nunca deje de estarlo. No creo que sea un camino de baldosas amarillas. Tengo sed. Simplemente bebo agua para poder comunicarme con los heptápodos.


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pennylanebcn, 2022. Todos los derechos reservados.


miércoles, 18 de mayo de 2022

Lo que puedo

Una excavadora muy lenta, con mucha paciencia.
Una canción que va curando y echando fantasmas.
Un pecho.
Que está sanando.
Que algún día volverá.
Mientras, me permito llorar una vez cada dos años.
Mientras, vivo y amo todo lo que puedo.
Y si me caigo, me recojo y bailo.

domingo, 24 de abril de 2022

Nada. Nunca. Siempre. Todo. (pennylanebcn, 2022)

Serás mi nunca y mi siempre.

Seré tu todo y tu nada.

Serás mi condena y mi arrecife de coral.

 

Seré tu noche en vela infinita y definitiva.

Eres. Soy. Nunca seremos. Pero fuimos.

Fuimos y siempre estaremos sin estar.

 

Gigantes y locos. Rotos y renacidos.

Cuerdos y devorando instantes.

Soy tu nunca. Eres mi siempre.

Y viceversa.

Foto de https://www.instagram.com/nasahubble/?hl=es


miércoles, 20 de abril de 2022

Y no entiendes

Subo al barco de las preguntas

y vuelvo a lanzar el ancla; ya sabes,

nunca sé si sabes que no sé.

 

Me pregunto si te preguntas si me pregunto

En cada embate, en cada cuerda de pozo.

No entiendo si entiendes que no entiendo.

 

Porque te nombro sin nombrarte

cada vez que me llamas sin llamarme.

Y no entiendes si entiendo que no sabes si sé,

cada vez que se cuela el frío de Neptuno

y descubrimos una nueva partícula.

 

Callamos a gritos en el desierto de nuestras dudas,

en el vacío que no es la nada, sino más preguntas.

Más respuestas que no sé si sabes que no sabemos.






Poema de pennylanebcn, 2022. Todos los derechos reservados.