El barquito estaba en una botella de cristal. Llevaba años encerrado. La botella no estaba cerrada, eso es cierto. Pero no podía irse. Había una mujer, jardinera de enredaderas, que le miraba casi cada día, durante horas, con los ojos iluminados. El barquito pensó que ella imaginaba viajes y lugares por descubrir mientras le miraba. Muchas veces deseaba que lo sacara de allí para poder verla de cerca, sin ese maldito cristal. Pero ella prefería mirarlo desde lejos. Soñando, radiante y feliz, sin poder dejar de observar todos sus pequeños detalles y secretos encerrados en esas velas que habrían visto mares escondidos y amores que hacen que puedas ser tú.
El barquito quería llevarla a ver todos esos sitios, pero ella tenía miedo de que la vela se rasgara, de que el mástil cayera por una tormenta, una de esas que hace irreparable el futuro. Así que nunca se atrevió a tocarlo siquiera. No sabía qué sería de ella entonces. Se conformaba con mirarlo. De lejos.
En la casa de la calle de atrás, un pintor, colgaba en la pared su último óleo. Hipnotizado, como tantas otras veces, con la luz de aquella mujer. Se coló una noche en sus sueños y lo cierto es que, desde entonces, vivía obsesionado. Aunque lo había intentado, nunca era capaz de pintar nada que no fuera ella.
Paseando por la ciudad, alguna vez pasó por delante de un café y creyó verla sentada, escribiendo, en su mundo, ajena al resto del universo. Se paró unos instantes, pero se dijo: No. ¿Y si no es como la he soñado? ¿Y si todo cambia? Jamás. Se fue casi corriendo, no fuera que ella le reconociera y le dijera "Hola". Mejor sería seguir pintándola y mirarla de lejos a correr el riesgo de que le decepcionara.
Un día, la jardinera y el pintor llegaron, cada uno a su casa y, por primera vez en semanas, hacía frío. "Qué raro", pensaron. "Habré dejado la ventana abierta", concluyeron. "Aunque no recuerdo haberlo hecho". Dejaron las bolsas de la compra en la cocina y sintieron escalofríos ¿de dónde había salido tanto silencio? Es posible que los dos miraran a la lámpara del techo extrañados por la poca luz ¿se habría fundido una bombilla?
Pasaron por delante de la mesa del comedor pero iban tan concentrados a ver a sus musas que ni se dieron cuenta de la hoja blanca. Lo primero que vio la jardinera fueron trocitos de cristal en el suelo. Lo primero que vio el pintor, una silueta blanca recortada donde antes había la mujer a la que temía conocer. En cuanto al papel, sé que tardaron muchos días en tener el valor de leerlo.
Uno ponía:
"Dimito. Estoy harta de que me mires."
En el papel del barquito no había letras (es bien sabido que no tienen pulgares oponibles). Había color azul y todo olía a sal. Algo de luz y el eco de una canción. Y restos de lágrimas. (es bien sabido que los barquitos de las botellas también lloran con las despedidas). Y al lado de la nota, una brújula y coordenadas, junto a un caballito de cristal preguntando con todo su cuerpo.
Esperando.
***
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jueves, 15 de diciembre de 2016
"Dimito. Estoy harta de que me mires."
miércoles, 30 de junio de 2010
Con paraguas alemán y tono de Podestá
Verán, vivo en el tejado,
de un edificio, en el que el 10,
se instaló un inquilino,
con paraguas alemán
y tono de Podestá.
Cada tarde, nuestro varón, puntual,
a las cinco, interpreta
una aria distinta.
Y cada domingo, un tango de Eladia.
Y no sé su nombre
ni su profesión.
Ya se lo dije al gato
(cuando está enseñando a volar a la gaviota
y se pone nervioso, y me acribilla a preguntas).
Pero, chico, le dije,
deberías haber escuchado ayer
Nessum Dorma.
Con escalas de Rivero y nostalgias de Poveda.
Justo, le estuve escuchando,
naciendo,
en mi habitación,
justo entre la chimenea
y la parabólica de la TDT.
Anteayer, me pilló en la cocina,
la que comparto con Renée, la gaviota,
que curiosamente no para de leer
no sé qué historias de un erizo.
Acabábamos de saludar a la avioneta roja,
que siempre pasa
con cinco minutos de antelación,
para buscar
no sé qué planeta y agua y maíz.
Y siempre cinco minutos tarde,
vemos que encienden el faro,
que da luz, sí,
pero yo diría que parecen llamas.
Llamas que parecen huir del presente,
nunca del pasado.
Con las agujas algo desmagnetizadas.
Nunca encuentran,
porque no tienen ni puñetera idea
de qué están buscando.
La semana pasada
pasaron cerca caminos de olvido
y tierra en los ojos,
De vidas desplazadas, paralizadas.
Hambre, horror, cristales rotos.
Éxodos y minas que te obligan a pensar
"esto es un sueño que pasa".
Por suerte,
son las cinco.
Por suerte,
siempre hay un refugio.
Para nosotros.
Pero,
¿y para ellos?
¿y para ellos?
de un edificio, en el que el 10,
se instaló un inquilino,
con paraguas alemán
y tono de Podestá.
Cada tarde, nuestro varón, puntual,
a las cinco, interpreta
una aria distinta.
Y cada domingo, un tango de Eladia.
Y no sé su nombre
ni su profesión.
Ya se lo dije al gato
(cuando está enseñando a volar a la gaviota
y se pone nervioso, y me acribilla a preguntas).
Pero, chico, le dije,
deberías haber escuchado ayer
Nessum Dorma.
Con escalas de Rivero y nostalgias de Poveda.
Justo, le estuve escuchando,
naciendo,
en mi habitación,
justo entre la chimenea
y la parabólica de la TDT.
Anteayer, me pilló en la cocina,
la que comparto con Renée, la gaviota,
que curiosamente no para de leer
no sé qué historias de un erizo.
Acabábamos de saludar a la avioneta roja,
que siempre pasa
con cinco minutos de antelación,
para buscar
no sé qué planeta y agua y maíz.
Y siempre cinco minutos tarde,
vemos que encienden el faro,
que da luz, sí,
pero yo diría que parecen llamas.
Llamas que parecen huir del presente,
nunca del pasado.
Con las agujas algo desmagnetizadas.
Nunca encuentran,
porque no tienen ni puñetera idea
de qué están buscando.
La semana pasada
pasaron cerca caminos de olvido
y tierra en los ojos,
De vidas desplazadas, paralizadas.
Hambre, horror, cristales rotos.
Éxodos y minas que te obligan a pensar
"esto es un sueño que pasa".
Por suerte,
son las cinco.
Por suerte,
siempre hay un refugio.
Para nosotros.
Pero,
¿y para ellos?
¿y para ellos?
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