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Cine, música, libros, teatro, poesía propia y de grandes poetas, mujeres destacadas de la historia, política y denuncia de injusticias.
¿Qué encontrarás?
jueves, 24 de septiembre de 2020
Lo gracioso es que me subo a las norias.
miércoles, 23 de septiembre de 2020
Los cuentos de marzo se han perdido. Hay que empezar uno nuevo.
martes, 22 de septiembre de 2020
Yo qué sé
El futuro era una espera; dulce agonía,
latidos de una chacarera que llega
o un candombe para decir
te amo, te amo y te amo.
Somos música. Compás de espera.
Somos el vuelo de cada náufrago con miedo.
Somos cada primer beso.
Tu mano construye castillos de arena en mi mano.
Mi entrada de cine. Centradita.
En el coche suenan Los Chichos
y tú me sacas a bailar
en este primer día de la historia de la humanidad.
Y tus besos saben a infancia,
a ver el mundo por primera vez.
A cuando no teníamos vértigo absurdo
a caer y los periódicos.
A cuando solo existíamos tú, yo
y el rumor de las olas.
El futuro eres tú volviendo a casa.
Y esta ventana abierta.
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PI se publicará el próximo 5 diciembre de 2020. Iremos adelantando poemas (¡y algún relato!) durantes estas semanas. Dadle a seguir el blog o seguidme en https://twitter.com/pennylanebcn
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viernes, 18 de septiembre de 2020
Gritando por la ventana
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miércoles, 16 de septiembre de 2020
Juntas somos invencibles, juntas espantamos a las hienas.
Tú vuelves a la vida.
Y yo. Y ellas.
Juntas reímos, lloramos, abrazamos y amamos.
Y él. Él. ĖL. Me recuerda el camino.
Porque soy otra. Soy la niña que fui.
viernes, 11 de septiembre de 2020
NO SE LO VA A CREER. LLEVO TODA LA VIDA ESPERÁNDOLE.
-No he visto pasar a nadie con esa descripción- le contesté.
-¿Está seguro? Son tres. Llevan un hilo: la primera hila, la segunda enrolla y la tercera corta.
-¡¿No le digo que no?! No ha pasado nadie por aquí. Me acordaría.
-Las estoy buscando desde hace años. Estoy desesperado. Necesito encontrarlas.
-¿Por qué? ¿Son sus hijas, acaso? ¿Tal vez, hermanas?
-No, no. Nada de eso. Si las ve, por favor, ¿me avisará? Llevan túnicas blancas. Y en sus manos llevan mi destino.
-¿Su destino, dice?
-Sí. Eso es. Es lo que tejen. Mi vida. Mi futuro. Mi destino.
Empecé a reír sin poder parar. Él me miraba con cara de indignación y asombro. Y yo no podía para de reír. Esperó a que terminara para ponerse en marcha de nuevo hacia adelante, sin despedirse y con un gesto amargo, pero a la vez entristecido.
Se estaba dando por vencido. Pero no tenía otro lugar a donde ir. O eso pensaba. Antes de que se fuera demasiado lejos, pegué un alarido.
-¡¡¡Oiga!!! ¡Deténgase un momento! Perdone por haberme reído. No me lo tenga en cuenta. Solo soy un viejo sin modales. Le contaré un secreto. Acérquese. Se lo contaré mientras nos tomamos el té que estaba preparando. ¿Un azúcar o dos? Siéntese, por favor. Suerte que ha llegado. ¿Sabe qué?, no se lo va a creer. Llevo toda la vida esperándole. Por desgracia, usted lleva toda la vida corriendo detrás de su futuro. Y yo sólo soy un viejo sin modales al que le gusta el té. Pero quizás, ¿quién sabe? Ahora que he conseguido que detenga su ardua e infructuosa búsqueda quizá podrá tener tiempo darse cuenta de dónde está.
-¿Y dónde estoy?
Empecé a reírme de nuevo. Le di una palmada en el hombro, me senté y saboreé el mejor té con limón que jamás había probado.
Él sonrió, bajando la mirada tímidamente. Sacó un mapa del bolsillo, lo echó al fuego y empezamos a reírnos a carcajadas.
domingo, 23 de agosto de 2020
Jack Slater

martes, 18 de agosto de 2020
x3+y3+z3=k

Resuelvo el acertijo. Sonrío.
Me pongo tu pijama.
A ver, lo llevo puesto desde
siempre.
Me ha costado media vida.
Media menos de lo que creí que
me costaría.
Cuéntame el sueño de ese mundo
más allá de Júpiter.
El cuento de marzo reclama
otro final.
El cuento reclama otro
principio.
Fuimos música con tar roto.
Pero ya no. Somos la respuesta, mi ecuación diofantina.
Fuimos vagabundos mudos. Pero
ya no.
Porque la ciudad siempre fue para mí.
Desde que nos subimos a la nave.
Y toqué sin querer tu mano. No
recuerdo el día, la verdad.
Somos pretérito imperfecto del verbo.
Eres la librería, el
proyeccionista, los acordes.
Siempre quise aprender matemáticas.
Te amo, me dices. O eso es lo
que quiero entenderte.
Muñeco de nieve de la nevera.
Gafas de lejos. Miedo.
Y tiemblo, soy una hoja que cae y vuela con la nieve.
Y tiemblas, eres una hoja, que cae y vuela con la nieve.
Siempre quise aprender matemáticas.
domingo, 16 de agosto de 2020
John McClane se acaba de cargar la ventana

Escúchame una cosa.
No me debes nada. ¿Me oyes? Nada.
Desde que no te conozco me lo has dado todo.
Y desde que te conocí, estás llamando a la puerta.
Y tirando la silla contra la ventana. La que has liado,
amor.
Fui jungla de cristal en tu Nostromo.
Pero pensé que era Louis Banks.
Ojo, que lo soy. Pero tú, también.
Y ahora recuerdo mi nombre. Gavilán.
Y tú quizás seas Ged o Ursula. Qué se yo.
Lo que sí sé es que eres mío. ¿Me oyes?
Eres de mis manos. Tu pecho, mi tejado.
Paraguas en este aguacerito intermitente.
Como cuando, al despertar, en Banyoles,
la radio lloraba por Benedetti.
Y yo lloré por todo lo que no era.
Y lloré porque estaba alguien que se parecía a mí
Pero no era yo. Era vagabundo de las estrellas.
Tanto aguacero, tanto ir y volver. Grúa de coche.
Las señales que no quiero hacer caso apuntaban a Madrid.
Está bien, Dije. Vale, pero no estoy, dije. Era libro sin
coser.
Pero no querías escucharme. O sí, yo que sé ya.
Eres mío porque creo que te soñé. Y soñé que me soñabas.
Eres mío porque, joder, menuda paciencia.
Nunca te conté que guardé el muñeco de nieve.
En la nevera. O en este horizonte de sucesos.
O yo qué sé, igual es átomo y electrón. O espín. O Espinete.
Me subí a una bici y me caí de lleno en las ortigas.
Me volví a subir. Y me volví a caer. Puto sol, como deslumbra.
Qué boquita tienes, tía. Te ríes por debajo de la
mascarilla.
En el año del fin del mundo, eres mío. No te pienso compartir.
¿Me oyes? Huellas. Pasos que dejan cadáveres a su paso.
Perdonadnos. Los
besos, los abrazos, mi mano en tu mejilla.
Solo te pido que no me sueltes. He caído demasiadas veces.
Me he roto las piernas demasiadas veces.
No me sueltes, amor. Y córtame el paso si ves que dudo.
Agárrame de la solapa y dime Mira, te comento.
Apuntala. Llama. Escribe. Antes de la séptima plaga.
Antes del meteorito final y definitivo. Dibújame ese árbol.
Constrúyeme ese columpio en casa. Planta una mimosa.
Y la veremos crecer. ¿Tienes helio para el globo?
Que nos perdonen los que siguen buscando. Apartando cenizas.
Pido perdón a los muertos en vida. Fui de los vuestros.
Pero eso se acabó. Yo ya te encontré sin encontrarte.
Mis pesadillas ahora son las tuyas. Mis gritos, tuyos.
Mi locura llena de recuerdos y de viajes en el tiempo, tuya.
Sé que no supe verte entre la niebla. Sí, pero no. Al final,
no.
Te confundí. Me confundiste. Saltaron los plomos, ya sabes.
Te vi y te eché. Te empujé y empujé. Te cerré la puerta.
La abrí. Me subí a un barco. Y al naufragar en tu isla, te
volví a echar.
Y te volví a echar. De menos. Y volví a buscarte. Y, de
nuevo, portazo.
Eres mío porque nunca te rendiste. Soñaste que bailábamos en
el salón.
Y esperaste. Te rendiste, a veces. Me diste la excusa
perfecta.
Pero seguiste enviando sondas al espacio. Cada día.
A ver si encontrabas a alguien de tu planeta.
Ven, amor. No me debes nada. Solo un primer abrazo.
Ese edén prometido. Ese viaje en avioneta roja.
Somos el chiste final de dios
en el peor año de la
vida de la humanidad.
Somos un hombre y una mujer que hablan el mismo idioma.
Quiero mi camiseta. Tu rosa. La risa que te debo. Quiero tu
oscuridad.
Tu luz, el tiempo en tus ojos. Tus regreso al futuro, tus “Lo
sé” de Han Solo.
Quiero llorar de tu mano con ese astronauta de Damien Rice.
No me sueltes. Da vértigo todo esto. Estoy acojonada. Lo
confieso.
De repente ya no sé escribir poemas cortos,
ni canciones que no
sean para ti. Canta conmigo, anda.
Llévame a ver esos planetas prometidos. Enciende la radio.
No entiendo muy bien cómo hemos llegado aquí.
¿Tú lo entiendes? Está bien. Escucha. Me rindo. 42. ¿Vale?
42.
Llaman a la puerta. Abre. No tardes. Se acerca el fin del
mundo.




